
En Lanzarote, un enclave donde el viento nunca descansa y el mar dibuja cada día un nuevo escenario para la aventura, la vela no es solo un deporte: es cultura, tradición y forma de vida. Aquí, en este territorio privilegiado para navegar todo el año, se ha formado una de las generaciones más destacadas de regatistas del panorama nacional.
Entre ellos, Gonzalo Morales es un ejemplo claro de cómo la pasión y las condiciones únicas de la Isla pueden convertir a un joven aficionado en un profesional reconocido más allá de nuestras costas.
Yo empecé a navegar porque me vino de familia por parte paterna, sobre todo en la que hubo mucha, siempre mucha cultura de vela y mucha afición.

Gonzalo creció rodeado de mar. Como él mismo recuerda, «vengo de una familia muy grande, por parte paterna, sobre todo, en la que siempre hubo mucha cultura de vela y mucha afición». Su vínculo con este deporte nació de forma natural, siguiendo los pasos de un hermano y un primo, sin imaginar que algún día estaría compitiendo en circuitos internacionales. «Nunca pensé en dedicarme profesionalmente; simplemente me gustaba competir, me gustaba cada día mejorar», explica. Esa mezcla de pasión y constancia marcó sus primeros años en el Club Náutico y lo acompañó mientras quemaba etapas en la vela ligera, todavía sin pensar en metas profesionales.
Pero Lanzarote, como destino náutico de referencia, ofrece oportunidades que pocas islas del mundo pueden igualar. Y una de ellas fue decisiva en su futuro. A mediados de los años 2000, un proyecto impulsado por el Gobierno de Canarias, el Cabildo y la familia Calero apostó por la creación de un equipo de vela profesional que permitiría a jóvenes regatistas dar un paso que parecía reservado a unos pocos. «Ese proyecto fue el comienzo de dar el salto de la vela amateur a la profesional», recuerda Gonzalo. «Se nos dio la oportunidad de navegar en un circuito europeo y fue a partir de ahí cuando empecé realmente a dedicarme a la vela profesional».

El proyecto de los RS 44 es un orgullo porque porque están poniendo el nombre de Lanzarote a nivel mundial.
El salto no fue sencillo. En una isla donde hay muchos navegantes, pero pocos que logran profesionalizarse, destacar exige horas de entreno, dedicación y mucha resiliencia. Y, sin embargo, Lanzarote tiene un arma secreta: el viento. «Generalmente, Lanzarote es una isla ventosa. Como dice el dicho, ningún mar en calma hizo buenos marineros», afirma. Las condiciones de la Isla permiten navegar prácticamente todos los días y eso se traduce en regatistas más completos. «En muchos países no pueden entrenar todo el año. Aquí, el clima y las condiciones hacen que podamos dedicar más horas a navegar». Y esas horas son, en la vela, oro puro.
Hoy, Gonzalo forma parte de varios proyectos de alto nivel, combinando la exigencia de la competición internacional con su compromiso con aquellas modalidades que representan la identidad náutica de la Isla. «A nivel local navego con un equipo de vela latina, del que estoy muy orgulloso», explica. Además, participa en las regatas de J80 en Lanzarote y desarrolla una intensa actividad en proyectos internacionales: desde regatas offshore con un armador sueco, hasta el circuito de J70 —con campeonatos de España, Europa y del mundo—, sin olvidar su presencia en el prestigioso RC44.
Este último, uno de los circuitos más importantes de vela profesional, mantiene una fuerte vinculación con Lanzarote. La Isla no solo acoge anualmente uno de los eventos del circuito, sino que también está presente con su propia embarcación. «Es un proyecto muy difícil de sacar adelante, porque requiere mucho trabajo, conseguir patrocinio y armar el equipo», explica Gonzalo. Pero el esfuerzo tiene recompensa: «Es un orgullo porque están poniendo el nombre de Lanzarote a nivel mundial». Y no solo eso: en esos barcos navegan amigos, conocidos y profesionales que han crecido en las marinas de la isla, demostrando que Lanzarote tiene talento de sobra.
Más allá de la competición, Gonzalo también forma parte del tejido náutico de la Isla desde otra perspectiva: la empresarial. Junto a su hermano fundó hace más de una década una velería para dar servicio a los navegantes que recalan en Lanzarote, especialmente aquellos que emprenden la travesía hacia América. «La montamos en 2010, cuando se estaba construyendo la nueva Marina de Lanzarote. Vimos la necesidad de mejorar los servicios náuticos en la zona», recuerda. El tiempo les ha dado la razón: quince años después, la empresa sigue creciendo y atendiendo a embarcaciones locales y a los miles de transeúntes que eligen Lanzarote como última parada antes del Atlántico.

El auge de eventos internacionales en la Isla ha reforzado aún más la posición de Lanzarote como destino náutico. En los últimos años, campeonatos del mundo, pruebas olímpicas y competiciones profesionales han vuelto a situar a la isla en el mapa global. Según Gonzalo, esto no es casualidad: «Todo el mundo conoce Lanzarote por sus condiciones; no pierden ningún día de entrenamiento. Aquí se aprovecha el 99% de los días». Marina Rubicón, Puerto Calero y Marina Lanzarote han creado un ecosistema en el que conviven regatistas olímpicos, flotas profesionales y navegantes de todas las modalidades, consolidando a la isla como un centro de excelencia.
El futuro, además, parece prometedor. «En Lanzarote se está haciendo un buen trabajo en la vela base», asegura. En los últimos años han surgido campeones mundiales, europeos y nacionales, y aunque Gonzalo insiste en no obsesionarse con los resultados, reconoce que la pasión sigue viva. «No hay que preocuparse tanto por ganar. Si tienes empeño y pasión, todo va llegando solo».
Y cuando él viaja y le preguntan por su isla, la respuesta es clara. «Es difícil encontrar a alguien del mundo náutico que no conozca Lanzarote», dice. Y a los pocos que no saben ubicarla en el mapa, les lanza una invitación segura: «Si vienen una vez, van a querer volver».
Porque Lanzarote no solo forma navegantes. Forma historias como la de Gonzalo: nacidas del viento, talladas por el mar y movidas siempre por la pasión de seguir navegando.

